Veintiséis de Octubre

Pasan las horas y los días

y mi carne ascendiendo hacia la luz

y mi voz cayendo

al pozo blanco del amanecer.

Junto a mis manos

el espacio que se abre

y se cierra,

y su rostro,

latiendo.

Es mi última fuerza

la que está al principio y al final

de todas mis identidades,

recogidas en sus manos.