Veinte de Abril

Soy del aire

como la mañana clara

como la luz que al descender

se pierde

coma la risa y el canto

del condenado por nada.

Soy no más

que aire,

manso del agua

de la luz

del canto.

Séneca. Vita Beata III.

“No soy un sabio y, para que tu malevolencia se regocije, nunca lo seré. Por esto no exijo de mí ser igual que los mejores, sino mejor que los malos: me basta con podar todos los días algo de mis vicios y castigar mis extravíos. No he llegado a la salud, ni llegaré siquiera; compongo para mi gota más calmantes que remedios, contento si los ataques son menos frecuentes y menos dolorosos; pero comparado con vuestros pies, yo, impotente, soy un corredor”.

Siete de Abril

Hoy es el día

nada ha cambiado.

El humo del alma

sube despacio,

y cuento las horas.

Nada ha cambiado,

escucho mi nombre

como algo olvidado.

Nada ha cambiado,

escucho mi nombre,

cierro la puerta.

En lo alto del árbol

el aire huele a limpio.

Limpio mis ojos,

y veo, el aire tranquilo,

mi voz cayendo

mis dedos de luz

mi canto en lo alto de las hojas

de hierba, bajo la luz,

despacio, espero,

a que caiga la noche,

y me envuelva

en su manto.

 

Séneca. De Vita Beata II.

Encontrarás la virtud en el templo, en el foro, atezada, con las manos encallecidas; … El sumo bien es inmortal, no puede desaparecer y no conoce el hastío ni el arrepentimiento; pues un alma recta no cambia nunca, ni se aborrece, ni muda nada, porque siempre ha seguido lo mejor; pero el placer, en cambio, cuanto más deleita, se extingue. Y no tiene mucho espacio, por lo cual pronto lo llena, y produce hastío, y se marchita después de los primeros transportes…; así no puede tener consistencia alguna lo que llega y pasa del modo más fugaz, para perecer en su mismo uso, pues llega al punto donde cesa, y cuando comienza ya ve su fin.

Séneca. De Vita Beata.

Comprendes, aunque no lo añadiera, que de ello nace una constante tranquilidad y libertad, una vez alejadas las cosas que nos irritan o nos aterran; pues en lugar de los placeres y de esos goces mezquinos y frágiles, dañosos aún en el mismo desorden, nos viene una gran alegría inquebrantable y constante, y al mismo tiempo la paz y la armonía del alma, y la magnanimidad con la dulzura, pues toda ferocidad procede de debilidad.