Veintitrés de Febrero

Salgo de aire

hacia el agua que inunda mis ojos;

y solo aspiro a decir palabras que no sepan a nada,

a que mis manos vuelen lejanas,

blancas y limpias,

a que mi voz caiga desde lo alto,

como las hojas del árbol,

y ya solo aspiro

a medir la distancia que me separa de mi mismo

a recorrerla con las manos llenas del agua mansa

y fresca, que cae desde las cataratas de las risas de los que son niños.

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